
Es tanto el bienestar que nos produce
contemplar aspectos benignos de la naturaleza, que nos crea y nos
abastece, que tendemos a olvidar que es una influencia implacable que
avanza sin diseño ni fin, favoreciendo lo útil y aniquilando lo
desacertado a su paso. Todo es coincidencia. Tanto los lobos como
nosotros fuimos engendrados por procesos naturales que, a través de un
sinfín de pequeñas coincidencias físicas y químicas, provocan cambios en
el entorno atmosférico, geológico y biológico. Son estas fluctuaciones
medioambientales las que ejercen de promotores o verdugos insensibles,
aleatoriamente, sobre el infinito número de minúsculos cambios
bioquímicos que han esculpido nuestros inverosímiles linajes desde hace
millones de años. Solamente un entorno estable permite crear organismos
vivos, porque ningún proceso puede adaptarse a lo imprevisible.
El
lobo fue inventado por y para la predación carnívora en el monte, como
ser veloz y resistente, social y flexible; capaz, a fin de cuentas, de
llegar hasta nuestros días. Nosotros, descendientes de simiescos
comedores de frutos y hojas de la selva, compartimos muchos rasgos
sociales con el lobo. Sin embargo, la expansión sin precedentes del
cerebro humano - ese único aparato conocido capaz de plantearse cómo
deberían ser las cosas- es el motivo por el que todos los demás animales
parecen haberse quedado atrás. Ahora bien, no por ello deja de existir
una continuidad evolutiva entre todas las especies, incluyendo la
nuestra, cuyos momentos de divergencia pueden rastrearse hasta épocas de
un pasado remoto.
En la
medida en que nos adentremos en la estructura social del lobo,
destacarán hechos que nos recordarán nuestra propia sociedad y, más
especialmente, la naturaleza de nuestro perro de compañía, que es el
tema que nos ocupa.

Un aspecto de la existencia que
compartimos con el lobo es la vida en grupo. Si este estilo de vida no
constituyera en casos concretos una estrategia eficaz para aumentar las
probabilidades de supervivencia de los miembros de la comunidad, ningún
animal sería gregario. Sin embargo, las ventajas que ofrece dicho modo
de vivir, principalmente en la localización de comida y agua y en la
defensa contra predadores, exigen el pago de tributos en forma de
limitaciones sobre la libertad del individuo, sea jefe o último mono.
Nadie decide ser gregario o solitario. Una casualidad que funciona se
codifica en los genes y se propaga... hasta que deje de funcionar.
Hay,
básicamente, dos influencias que han configurado y moldean el
comportamiento del lobo y de su manada: factores físicos, como el clima y
el terreno que, a su vez, ejercen un efecto sobre la abundancia de
presas y; factores sociales, cuya base genética se va modificando
mediante el aprendizaje que supone la convivencia dentro del grupo. La
base social de una manada de lobos, igual que sucede en el caso de la
familia tradicional humana, es la pareja reproductora que, típicamente,
mantiene una relación monógama durante tres o cuatro años. Esta
poligamia serial viene presagiada por la diferencia promedia de tamaño
entre machos y hembras.
En
nuestra especie, existe una diferencia de estatura media -llamada
dimorfismo sexual- entre la mujer y el hombre de un 15% aproximadamente.
Esta herencia, legado de antepasados homínidos y atenuada en nuestro
caso, todavía denota una predisposición a la poligamia, ya que la mayor
corpulencia del varón se debe a la necesidad de defender de otros machos
su acceso a las hembras disponibles. Los monógamos gibones; el simio de
menor tamaño, que vive en el sudeste asiático; no presentan dimorfismo
sexual alguno, mientras que el gorila macho, que rige un harén, alcanza
el doble del tamaño de sus hembras.

Entre las variantes minoritarias más
frecuentes de la pareja temporalmente estable, tanto tratándose de lobos
como de humanos, figuran: un macho adulto con dos hembras adultas; un
macho adulto que trae a su hijo adolescente a vivir con su nueva pareja;
una hembra adulta con su nuevo compañero y el hermano menor de este;
pudiendo darse varias otras combinaciones de la pareja reproductora con
parientes de cualquiera de los dos o ambos. Esta situación se debe, sin
duda, a que los genes ejercen un efecto de imán entre parejas
reproductoras y parientes cercanos que es compatible con el compromiso
de la pareja. En nuestro caso sucede lo mismo, aunque una proporción
significativamente elevada de conflictos domésticos es causada por
enfrentamientos entre un miembro de la pareja y el o la pariente del
otro. Se ve que les cuesta a los genes derrochar energía para tener
atenciones con un ser no emparentado.
La
sexualidad humana es infinitamente más compleja que la de los lobos a
pesar de que la fuente de ambas sigue siendo el cumplimiento del
intransigente mandato genético de procreación máxima. Hay que tener
presente que, por muy inteligentes que hubieran sido nuestros
antepasados, sino hubieran sido también empedernidos copuladores, hoy no
estaríamos aquí.
Mientras
que el lobo, constreñido por la precaria disponibilidad de la caza, es
casi siempre fiel a su compañera durante un período de tiempo
previsible, existen otras estrategias biológicas para tener y mantener
la descendencia. Nuestro pariente más próximo, el chimpancé común,
organiza un auténtico trabajo de equipo. Esta especie practica un
sistema de apareamiento en el que un grupo de machos, dominantes y
emparentados, intenta acaparar los favores de las hembras más
apetecibles. Se trata de una oligarquía fraternal. Los chimpancés
muestran un dimorfismo sexual acusado, sin llegar a la proporción del
gorila. Aunque ningún macho sabe con certeza si un bebé es suyo o no,
resulta genéticamente rentable que cada uno colabore en la crianza y
protección de todos porque cualquiera podría ser suyo.

Otro pariente cercano a nuestra especie
es el bonobo o mal-llamado chimpancé pigmeo (porque es del mismo tamaño
que el chimpancé común). Es un consumado artista del erotismo bisexual,
que le sirve para disolver tensiones sociales, estimular el reparto de
comida y cimentar amistades. Podríamos conjeturar que, en esta especie,
hallamos una explicación natural de los intercambios homosexuales en
cualquier animal. Dichas relaciones no contribuyen directamente a la
procreación pero sí pueden influir de modo positivo en la estabilidad
del grupo, lo cual potencia indirectamente la transmisión de los genes
del colectivo a futuras generaciones.
Los
chimpancés, sin ser nuestros antepasados, son la prueba viviente de que
el beso, el abrazo, la mirada de latin lover, la cópula en la postura
del misionero, la entrega sexual a cambio de manjares especiales... en
fin, que todo nos viene de muy lejos.
Como
la finalidad biológica de toda sexualidad es tener la máxima
descendencia posible, veamos de qué manera nos organizamos cánidos y
homínidos en el terreno de la crianza de nuestros pequeños. La extensión
natural de la pareja reproductora es ésta con su prole. En el caso de
los lobos, una camada de cinco o seis cachorros nace normalmente a
principios de la primavera, para que sus necesidades nutricionales
coincidan con los nacimientos de los herbívoros, su mayor fuente de
comida. De esta manera, los lobeznos ya tienen una edad suficiente para
poder seguir a los mayores en las cacerías de presas grandes antes de
que lleguen los rigores del siguiente invierno. El nacimiento de una
camada desencadena embarazos psicológicos en algunas de las hembras que
no están preñadas, condición que quizás potencie o simplemente refleje
su disposición para participar en los cuidados de los neonatos.

Hijos e hijas permanecen con sus padres
entre diez y cincuenta y cuatro meses (el máximo tiempo registrado),
para después ir en busca de su propia pareja y fundar una nueva manada.
El máximo número constatado de integrantes de una manada es de cuarenta y
dos, aunque el promedio es muy inferior a esta cifra. En un diez o
veinte por ciento de los casos, la manada adopta a un extraño, que con
toda probabilidad será macho y adolescente. Por lo demás, los lobos
adultos que se acercan a la manada serán perseguidos, atacados o
muertos.
La monogamia
imperante no es ni universal ni obligatoria pero, como la época de celo
dura más o menos un mes cada año, el macho tiene pocas probabilidades de
fecundar a otras hembras y le resulta relativamente fácil ser fiel a la
suya, quien conserva su apoyo con los pequeños. La ayuda del macho con
los cachorros puede incluir arreglos en la guarida, situada lejos de los
peligros de la periferia del territorio, la entrega de comida a la
hembra y/o a los cachorros y la defensa de los mismos.
Los
adultos y los jóvenes del año anterior de ambos sexos participan en los
cuidados de los pequeños, lo cual constituye una inversión proporcional
al vínculo genético de los "tíos" y "tías" en la propagación de parte
de sus propios genes. No obstante, no son desconocidas situaciones en
las que una hembra, o incluso un macho, haya criado a su prole en
solitario.
Para nuestros
antepasados, una acelerada dinámica de transformación impuso sus
directrices ya en un pasado prehistórico lejano. Hace algo más de siete
millones de años, se inició la transición entre la locomoción terrestre
de los grandes simios, que emplean los nudillos de las manos como apoyo
al andar, y el bipedismo característico de los homínidos. La palabra
"homínido" se refiere simplemente a un primate que camina erguido. Andar
derechos fue clave en nuestra evolución por dos motivos principales:
permitió que nuestras manos, que ya no servían de apoyo, se volvieran
cada vez más flexibles y capaces de manipular objetos con precisión; y
provocó la rotación de la cabeza hacia delante para compensar la postura
más vertical del cuerpo. Este giro, que implicaba una cierta presión
sobre la laringe, fue el punto de partida de nuestra humanización, al
otorgarnos la capacidad para articular los primeros sonidos de lo que
sería, con el paso de mucho tiempo, la complicadísima y única mecánica
lingüística que engrana todos los idiomas que existen hoy en día.

A diferencia de la loba, la hembra
prehumana, recogedora de frutos y bayas, no podía tener más de un bebé a
la vez, por el peligro de quedar inmovilizada y a merced de la
benevolencia ajena para alimentarse. Por eso, sólo excepcionalmente hay
nacimientos múltiples en nuestra especie. El período de lactancia en el
caso de los homínidos era de unos cuatro años, durante los cuales una
hormona llamada oxitocina, liberada por el succionamiento de los
pezones, mantenía a la hembra estéril (igual que en la actualidad). De
esta manera, el siguiente bebé no podía nacer hasta que la madre
estuviera libre de la tarea de llevar al anterior siempre a cuestas.
La
carne procedente del carroñeo en cantidades cada vez mayores, gracias
al uso de rudimentarios utensilios de piedra, potenciaba un progresivo
aumento en el tamaño del cerebro del bebé. Dicha expansión cerebral
ofrecía enormes ventajas como fábrica de previsión en el adulto, porque
facilitaba un mejor reconocimiento de los indicios de la presencia de
agua, comida y abrigo y una mayor capacidad de memoria para recordar su
ubicación.
Mientras se
hacía más compleja nuestra cultura material, otra aportación clave de un
cerebro más grande sería un incremento significativo en la habilidad
para la comunicación y organización social, indispensables para
aprovechar y conservar recursos y para coordinar la defensa de la
comunidad ante predadores y rivales. Con todo ello, el período de
aprendizaje de los jóvenes se alargaba mucho, obligando al macho a
prestar una asistencia más asidua. Con el fin de mantener el apoyo del
macho, la disponibilidad sexual de la hembra dejó paulatinamente de
limitarse a determinadas épocas del año.

Debido a esta necesidad de dedicar más
tiempo a los cuidados y preparación de los pequeños, sucedió algo
insólito: Una madre mayor no podía ser de gran utilidad a un hijo
propio, quien quedaría desamparado si ella moría durante su infancia. En
cambio, si dejaba de reproducirse, sí podía ser de gran ayuda a sus
nietos y nietas, ocupándose de ellos mientras su propia hija seguía
reproduciéndose. Ésta sería más prolífica y se impondría la nueva
estrategia, contenida en los genes de su descendencia. Así fue y el
resultado fue tan arrollador que, hace aproximadamente un millón de
años, nuestras antepasadas comenzaron a quedarse estériles mucho antes
de morir, con la aparición de la menopausia.
A
pesar de las ventajas que comportaba, la transformación encefálica del
bebé implicaba un peligro enorme. El canal del parto no podía
ensancharse lo suficiente para compensar el aumento del tamaño craneal
porque la pelvis sirve de soporte corporal. El parto empezó a ser
doloroso, muy doloroso, incluso teniendo en cuenta que el cráneo no se
suelda hasta el año de vida para amortiguar la dureza del tránsito. Ésta
fue, sin embargo, la única solución de compromiso que encontró la
biología para lograr el cerebro más grande posible con el menor riesgo.
El despegue humano estaba en marcha, arropado por comunidades cada vez
más sofisticadas, numerosas y colaboradoras, mientras los demás animales
quedaban poco menos que estancados.
Volviendo
la mirada nuevamente hacia los lobos, veremos que el motivo de su
relativo estancamiento es el buen grado de adaptación que muestran a su
entorno y a su cometido cinegético. Tal grado de eficiencia ralentiza
enormemente el proceso de evolución.
El
desarrollo de los jóvenes lobitos se divide en cuatro períodos: El
período neonatal, entre el nacimiento y la apertura de los ojos entre el
doceavo y catorceavo día; el período transicional, desde la apertura de
los ojos hasta el día veinte; el período de socialización, del día
veinte hasta el día setenta y siete aproximadamente y el período
juvenil, desde entonces hasta la madurez.
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Durante el primer período, el
comportamiento del recién nacido se resume como: la búsqueda de calor,
el acurrucamiento, el amamantamiento, el lloro cuando siente dolor y el
lloriqueo cuando tiene frío, hambre o se encuentra aislado. Responde a
los lamidos de su madre para orinar y defecar y ella permanece junto a
la camada la mayor parte del tiempo.
Al
inicio del segundo período, los pequeños empiezan a aguantarse de pie y
a andar. Su radio de exploración aumenta lentamente en la medida en que
sus facultades de percepción sensorial se van desarrollando. El olfato y
el tacto predominan al principio con respecto a la vista y el oído.
Ahora es cuando comienzan a reconocer a los miembros de la manada,
especialmente a parientes, y a aprender rápidamente acerca de su entorno
en general. Sus vocalizaciones se diferencian y se asocian a contextos
específicos.
El período
siguiente es el de franquear los linderos de la guarida y de solicitar
atención de otros miembros de la manada. Los cachorros también comienzan
a ingerir comida sólida y a esconderse de lo nuevo. A partir de la
quinta semana de vida, se empiezan a coordinar mejor y sus exploraciones
traspasan el medio kilómetro de radio. Adquieren una respuesta de
seguimiento a adultos conocidos y los que se alejan del grupo son
llevados de vuelta por la madre u otra hembra emparentada. A esta edad,
se ponen a salvo solos de las inclemencias atmosféricas y de los
predadores. Entre la quinta y la décima semana, se vuelven autónomos,
dedicándose a continuar aprendiendo acerca de su entorno físico y
social. En la medida en que van independizándose de la leche materna,
tienden a correr hacia cualquier adulto que se acerca para rozar su boca
con el hocico. Si el adulto tiene el estómago lleno, este estímulo le
hará regurgitar comida automáticamente. Cuando sobra comida, los
lobeznos pueden esconderla para recuperarla en momentos de menor
abundancia.

La duración de los ratos de actividad
se incrementa con el fin de ejercitarlos en la interacción social. El
juego, no obstante, suele implicar muy pocos intercambios agresivos
fuera del contexto de la comida. En la mayoría de los casos, las pautas
lúdicas se componen de acciones de caza, de comunicación a distancia, de
repeticiones y exageraciones placenteras y de cambios de papeles, en
los que el perseguidor es perseguido y viceversa. También existe el
juego dirigido hacia un objeto. Jugando, practican las actividades e
interacciones de la madurez.
Del
período de socialización en adelante, las asociaciones de los cachorros
con miembros mayores de la manada, hasta que abandonan ésta, ofrecen
importantes oportunidades para aprender las técnicas de la caza, cuyo
componente de coordinación aún resulta cuestionable; no así el hecho de
que los comportamientos básicos son heredados, dejando menos trabajo al
papel del aprendizaje. La mayoría de los lobeznos abandonan la manada
entre los diez y los treinta y seis meses de edad.
Si
tienden a quedarse con su familia más tiempo que otros mamíferos, es
porque el subsidio paterno les va bien. Desde el punto de vista paterno,
la continuada presencia de los hijos e hijas puede suponer la mejor
forma de velar por su inversión genética, con protección y enseñanza. En
términos de evolución, es posible que la caza en grupo sea una
consecuencia de vivir en grupo y no al revés. Puede que el impulsor del
crecimiento numérico de las manadas que se abastecen de animales grandes
sea la nutrición de los jóvenes, que comparten la carne que sobra.
Dicho de otro modo, parece ser que las presas grandes permiten que la
manada sea grande, pero no exigen que lo sea. Los lobos jóvenes
presentes en la manada quizás sean de varias generaciones y, a los seis
meses, ya comen la misma cantidad que los adultos.

Para alimentar a toda la manada, hay
que mantener la exclusividad sobre una gran extensión de tierra. Las
presas del lobo son todos los mamíferos grandes que viven en sus
dominios, aunque puede comer cualquier otro animal, carroñear y
entretenerse con frutos y bayas. Los linderos son marcados a cada
doscientos cuarenta metros aproximadamente con un chorro de orina en
alguna superficie elevada. Cuando rascan la tierra con sus patas
traseras, las glándulas interdigitales liberan una sustancia que
refuerza este olor.
La
defecación quizás lleve un olor que procede de las glándulas anales. Los
lobos dejan el doble de marcas en la periferia de su territorio que en
el centro y el efecto de esta marcación dura entre dos y tres semanas.
Aunque la elevación de la orina depositada ayuda a dispersar su mensaje,
las distancias de efectividad son cortas y el aullido, que también
tiene otras funciones, completa la estrategia de advertencia. En zona
forestal, un lobo puede oír un aullido hasta a once kilómetros; en
terreno abierto, hasta a dieciséis.
El
típico patrón familiar descrito no es inalterable ni mucho menos. La
emigración de los jóvenes y la inmigración de extraños, la muerte por
enfermedad, por peleas con manadas vecinas o por los desastres
ocasionados por armas de fuego y trampas hacen estragos en el núcleo
original de padres y descendientes. Esta renovación continua dificulta
el establecimiento de un equilibrio entre comportamientos de cohesión y
de conflicto, para lo cual hay que conocer el carácter de los demás o,
lo que es lo mismo, poder prever sus reacciones con el máximo acierto
posible. Aquí, la comunicación juega un papel imprescindible que
amortigua los errores de interpretación con sus tentativas a distancia.
Con
tanto pariente en el grupo estable, podría parecer extraño que no se
apareen entre sí. Sin embargo, a pesar de lo que nos han contado de Adán
y Eva, las relaciones incestuosas son biológicamente inviables porque
potencian la expresión tanto de rasgos beneficiosos como de defectos. En
la mayoría de los casos, podemos prescindir de los primeros. En cambio,
es posible que los segundos sean, literalmente, de vida o muerte. Este
tipo de relación, tipificado por la consanguineidad de algunas familias
reales es, por tanto, infrecuente cuando los mamíferos en general
tenemos acceso a parejas no emparentadas. Los lobos excluidos
temporalmente de la reproducción soportan su abstinencia sin tensiones.